domingo 16 de diciembre del 2018

   

Ahora

EXCLUSIVO | Las artimañas del INDEC “M” para evitar números más dramáticos

 

Por Sergio Chouza y Santiago Fraschina para Diario Pulse.
Economistas EPPA-UNdAV.

Se conoció recientemente el dato de inflación correspondiente al mes de agosto. El IPC nacional dio como resultado 3,9% de aumento para el octavo mes del año. Un número que son lugar a dudas deja gusto a poco. En primer lugar, porque el proceso devaluatorio siguió su curso el mes pasado, y cerró en un aumento del dólar del 9,1%. En una economía altamente dolarizada, hubiera sido esperable que el traspaso a precios del aumento del dólar tenga mayor incidencia. En segundo lugar, porque fue un mes de muchos incrementos en precios regulados, como fueron los de electricidad (25% promedio), transporte (15%), prepagas (7,5%) y dos rondas de ajustes en los combustibles en surtidor (aproximadamente 10%). Independientemente de determinadas inquietudes que pueden surgir sobre los números que arroja cierto indicador, debemos poner el foco en diferentes metodologías que arrojan un halo de oscuridad sobre el accionar del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

Se trata de índices que presentan técnicas amañadas o metodologías un tanto sesgadas, de modo tal de evitar que determinados indicadores que perfilan el devenir de la economía reflejen números tan dramáticos como realmente existen. Dicho esto, es aconsejable repasar algunos de estos índices que despiertan inquietudes, de modo tal de analizar el grado de consistencia y representatividad de cada medición publicada por el organismo oficial.

En el plano agregado, el indicador macroeconómico de evolución del PBI fue uno de los múltiples que tuvieron una “revisión metodológica” en 2009. En ese marco, se corrigieron hacia atrás todos los números del PBI de años anteriores. Esta revisión redujo muchos porcentajes de crecimiento de la economía en el ciclo kirchnerista.

El año 2009 es uno de los más paradigmáticos, donde el Indec macrista consigna una caída del 6%. Si bien es cierto que en ese año había golpeado de lleno la crisis financiera internacional, convalidar un derrumbe del 6% sería aceptar que la economía se paralizó al doble de velocidad que en 2016 o en este mismo año 2018. Cuando se analizan el resto de las variables que típicamente correlacionan con el crecimiento macro, como ser empleo y producción industrial, la caída de ese año no estuvo ni siquiera cerca de parecerse a la de los dos años mencionados de declive macrista.

indec todesca macri 2

Empezando por lo más reciente, la construcción del IPC que mide la inflación tiene vicios de origen muy llamativos. Por un lado, se parte de lo que se llama una “estructura de ponderadores” totalmente añeja (data del año 2004) y poco representativa de la coyuntura actual. Se trata de coeficientes que deberían reflejar la incidencia de cara rubro sobre el consumo de las familias argentinas. Por ejemplo, un servicio como la energía eléctrica tiene una participación originaria del 0,35%. Esto quiere decir que la tarifa de energía eléctrica, según el Indec, representa menos del 1% del gasto promedio de los hogares. Si bien la metodología implica su actualización parcial a medida que se modifican los “precios relativos”, estas correcciones captan de forma muy imperfecta fenómenos de movimientos tan abruptos como son los tarifazos registrados en los últimos tres años.

En igual sentido, otro indicador de precios completamente obsoleto es el del segmento mayorista. El conocido como “IPIM” utilizada un “año base” de medición de hace 25 años. Además de la evidente homogeneidad que se va perdiendo en las series, dada semejante extensión temporal, se destaca la poca consistencia de sus componentes ya que no tiene punto de comparación la economía de aquel entonces con la actualidad.

Para muestra, alcanza un botón: la incidencia de los rubros importados en el indicador de precios mayoristas es de tan solo el 7,3%. En una economía totalmente abierta y permeable al ingreso irrestricto de productos finales e insumos de la producción como la nuestra, resulta totalmente inverosímil que los componentes mayoristas importados pesen sólo un 7,3% sobre el total. La razón de no actualizar esta estructura es clara: en lo que va del año, el aumento del tipo de cambio (y por ende de los productos importados) supera el 110% en lo que va del año.

Pero la inflación nunca fue un problema para el gabinete económico macrista. De hecho, para “calmar las expectativas” ideó un indicador propalado desde el Banco Central para medir “los sentimientos de los analistas” sobre la evolución de las diferentes variables monetarias. Nos referimos al Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que publica mensualmente el banco de bancos, mostrando, entre otras variables, las expectativas de inflación de los analistas más encumbrados del establishment.

Como es conocido, desde su implementación, los “economistas serios” le escribieron el diario de Irigoyen a Federico Sturzenegger (y después a Luis Caputo). Sistemáticamente esta medición de expectativa arroja números muy por debajo de los niveles inflacionarios que posteriormente se terminan materializando. Por caso, como pronóstico de inflación para este año, los analistas de mercado que participan del REM marcaban un 14,1% en 2016, un 15,2% en 2017 y 26,3% promedio en lo que va de este mismo 2018. Con el final del año cada vez más cercano, ya se estima que la variación de precios posiblemente termine encima de los 45 puntos porcentuales.

El índice de salarios que releva mensualmente el Indec tampoco está exento de señalamientos. Por caso, el año pasado midió un llamativo 31,5% de aumento de ingresos para lxs trabajadorxs del segmento privado no registrado (informales). Además de ser un número llamativo, por estar casi 7 puntos sobre la inflación del 2017, llama la atención que se posicionó también más de 4 puntos arriba del segmento de trabajadores privados registrados (en blanco). ¿Es lógico pensar que el año pasado a lxs trabajadorxs en negro les fue salariamente mejor que a lxs trabajdorxs plenxs de derecho?

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Otra metodología que llama mucho la atención es la relativa a los indicadores de ventas en supermercados y shoppings. El índice de facturación mensual respecto de los diferentes productos comercializados en estas cadenas, utiliza lo que se llama un “deflactor” de precios, para ajustar el efecto inflacionario y poder captar la “variación real” de las unidades físicas vendidas. Ahora bien, ese índice de precios utilizado para deflactar es totalmente oscuro (el Indec no lo publica) e inverosímil.

Para poner en concreto, con un aumento de facturación de los supermercados del 24% en el primer semestre del año, el Indec concluye que las ventas aumentan casi 2% “en términos reales” (neto de inflación). Lo mismo ocurre con los centros de compra (shoppings), donde a partir de una variación nominal en ventas del 27,9% en el primer semestre del año, el Indec concluye un aumento real de nada menos que el 8,8%. Una construcción claramente subestimada de los índices de precios utilizados para deflactar estos números es la explicación de semejante separación con la realidad de lo que se observa en la calle, en términos del desempeño comercial en un año de profunda crisis.

También en el plano de las cuentas nacionales, la medición del déficit fiscal también concita inquietud. Desde que llegó al poder, Cambiemos modificó tres veces la metodología de cálculo, a pesar de que la anterior ya respetaba los estándares contables que marcaban, por ejemplo, los manuales del FMI. Dicho esto, el Ejecutivo macrista decidió mover algunos rubros de manera tal de minimizar lo que se conoce como “déficit primario” que es el que típicamente es usado por los analistas para analizar el grado de desajuste fiscal de una economía.

Pero la ”engaña pichanga” de esconder el déficit fiscal y llamarlo “déficit financiero” es un artilugio muy corto. El mercado ya se expidió sobre la insustentabilidad del modelo, retirando millonadas de inversiones financieras de nuestro país por el riesgo latente de default, megadevaluación e hiperinflación.

Con todo, la intención de este escrito es poner en discusión esa pureza impostada por Cambiemos para instalar una pretendida objetividad e integridad técnica inobjetable de las estadísticas públicas actuales. Independientemente de cuestiones de medición que cualquier ciudadano puede desconocer y que en todos los casos requieren de dar un “salto de fe”, lo cierto es que la mayor posibilidad de digitar o establecer tendencias sesgadas en los indicadores fue, es y será siempre a partir de las decisiones de índole metodológica. Todo índice es político y negar eso sería tan necio como objetar al Indec kirchnerista haciendo oídos sordos a los aspectos opacos señalados en estos párrafos.

 

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